Mis problemas y desórdenes alimenticios siempre tuvieron mucho que ver con lo que estaba pasando en mí cabeza. Es decir, yo no tenía problemas de depresión porque era anoréxica, sino que era anoréxica a raíz de que tenía problemas de depresión. Porque seamos sinceros, una persona felíz no deja de comer durante "X" cantidad de días. Una persona felíz y despreocupada, una persona “normal” (si es que existe aquello), no cuenta cada caloría: simplemente come. Y en última instancia, si engorda hace dieta NORMAL y tema acabado. "Normal" no es una palabra que pegue mucho conmigo. Lo importante y anecdótico es que uno a los trece años piensa que es adulto y puede manejar situaciones y personas a gusto. Y es así, en muchos de los casos, yo sabía cómo llamar la atención en mí casa y cómo demostrar mí disgusto.
Sospecho que a los trece años todas las chicas empiezan a modificarse en carácter y físicamente, pero lo mío fue como una transformación digna de un reality show. Mí cerebro se dió cuenta de que era mucho más fácil castigar al cuerpo.
Ese verano volví a casa con la determinación de cambiar.