La gente no tenía problemas, los problemas los tenía yo. En conclusión: me creía una mierda entonces tenía que actuar superficialmente, como si nada me afectara. Era una maldición, me empezó a ir mal en las materias, ya no tenía ganas de estudiar y por primera vez el nombre de un chico me zumbaba repetitivamente en la cabeza. Él tenía 4 años más que yo y convengamos, de 17 a 13 años hay bastante diferencia. En ese momento no me interesaba aquello en lo más mínimo. Me creía madura y con ganas de conocer a un hombre a quien amar. Él era el típico jugador de rugby carilindo, no más que eso. Años más tarde lo comprobaría. Pero en ese momento era lo mejor que me pasaba y convengamos no me pasaban muchas cosas.
Así empecé a pasar las horas de clase escribiendo hojas enteras con su nombre y el mío entrelazados, de diferentes colores, rodeados de corazones o la decoración de turno. Ocupaba el %95 de mí mente y el resto lo ocupaban la no-comida. Mis carpetas y apuntes estaban llenos de poemas y cartas que jamás llegarían a destinatario. Un amor verdaderamente inexistente que provocó el dolor más fuerte que había sentido jamás.
Supongo que a esa edad las cosas tienen que salir como uno quiere, como uno sueña, como uno anhela. Más tarde aprendería a dejar de soñar. Ahora necesitaba verlo, y no estaba. Nunca estuvo.
Nunca iba a poder superar este amor con. ¿Por qué me hacía esto? (¿Qué me estaba haciendo?).
Los amores juveniles son así, obsesivos, absolutos: a todo o nada. Supuse que tenía que superarlo pero nada parecía cambiar, seguía en mí cabeza. Me sentía necesitada de su voz, de sus palabras silenciosas, de sus miradas, de mis inventos. En mi cabeza podíamos ser felices y no entendía por qué no se concretaba mi sueño, me enojé con dios y con el mundo.
En el colegio teníamos plástica, un invento de los profesores en un intento de hacer que los alumnos se expresen. Aquella tarde teníamos que llevar hilos de metal al colegio. Es decir, hilos lo suficientemente gruesos como para moldearlos, cruzarlos y crear formas “¡Exprésense!”- Nos exigió el profesor de plástica. Ya lo creo que me voy a expresar para el término de la hora de plástica. Mis hilos de metal se habían convertido en un muñequito suicida. “Soy yo” rezaba el título. Mí obra de arte constaba de una horca metalizada, de ella colgaba una supuesta soga y enganchado cómodamente, un muñequito ahorcado. Era imperturbable, era de metal y estaba muerto. Suicidado. Se había autodeterminado la muerte era tan solo un muñequito, pero su cabeza tenía hilos de metal enrollados como ideas y deseos no llevados a cabo: tantas ideas y tantos deseos que lo habían llevado a la muerte. La irrealización de los sueños o de las metas o de los propósitos te pueden llevar a la irremediable defunción. Es fantásticamente comprobable. Tomen cualquier diario: ¿O piensan que la gente se suicida porque está aburrida? ¡Lo mío era una obra de arte!. Obra de arte que terminó en la basura, intenté conservarlo, pero mamá lo tiró. Yo lo hubiera guardado y entregado a Urgencias Mentales, pero quizás sí era más fácil que se los lleven los muchachos de la basura. Siempre lo más fácil, lo que acarree menos problemas. Mi muñequito suicida terminó en la basura, pero tantos metales y tantos sueños no iban a terminar ahí...